lunes, 6 de octubre de 2014

Pasión, sueño, fe y esperanza.

Pasión, sueño, fe y esperanza

Desde que se encontraba en la pansa de su mamá siempre fue inquieta, provocando uno que otro dolor en el vientre de María (su madre) con los inesperados movimientos que hacía. A los seis meses de gestación María recibió la noticia de que el bebé que llevaba dentro sería varón. Los regalos no se hacían esperar, cada vez la casa se inundaba con ropa color celeste, verde, amarillo, colores de niño.
La espera había culminado, en 1994 la de sala partos del hospital La Maternidad de Lima fue testigo de la gran confusión del ginecólogo y con una sonrisa mencionó “es una niña”. Vaya sorpresa, nadie lo esperaba.
Sus padres, Alfonso Romero Ocas y María Isidora Izquierdo López, le pusieron por nombre a su segunda hija Diana Isabel, una pequeña de ojos claros, cabellos ondeado y de tez clara.
En 1998 la familia decidió abandonar el distrito del Rímac para refugiarse en San Juan de Lurigancho (hasta la actualidad).
Diana desde muy pequeña dio señales de su gran pasión y talento hacia el baile, siempre participaba en los eventos que se desarrollaban en su institución educativa. A pesar de no contar con el apoyo de su papá no dejó de hacer lo que más ama ‘bailar’, su madre siempre estuvo con ella apoyándola, la acompañaba a todos las presentaciones en las que Diana participaba, siempre confió en su talento, aunque su padre muchas veces se oponía, no podía evitar ir a verla brillar en el escenario.
Para ella la pista de baile era su todo, no le importaba que tan dañado podían terminar sus pies, siempre decía “cuanto más heridas  mayor es la satisfacción”, siempre dejaba todo en el escenario y es que cuando ella escuchaba el sonido de la música su cuerpo se movía al compás, el zapateo, movimiento de caderas, y su sonrisa contagiaba a todo aquel que atinaba a mirarla, no le importaba si lo hacía bien o mal, solo le interesaba sentirse feliz.
A sus 13 años ya había ganado uno que otro pequeño concurso de su colegio N° 109 Inca Manco Capac, y en el 2009 tuvo la oportunidad de ingresar becada a un taller de música negra y finalizando la temporada fue escogida para pertenecer a la escuela de “Brisas del Titicaca” en la que solo duró cinco meses porque no podía descuidar sus estudios.
Cuando Diana cursaba tercero de media conoció a un jovencillo del que se ilusionó, cual Baby enamorada de Hugo Olivera ‘H’ de la película Tres Metros Sobre el Cielo, y después de dos años de relación cada uno busco su camino.
Terminando la secundaria le propusieron enseñar baile moderno en un taller de verano, reto que no podía dejar pasar y asumir con responsabilidad. Posteriormente en el 2011 pensó que dejar los tenis en una esquina de su dormitorio para enrumbarse a otro mundo, la academia. Pero su pasión fue más fuerte, porque al poco tiempo pasó un casting y consiguió entrar a un elenco de danzas folklóricas “Asociación Cultura Cesar Vallejo”, claro sin dejar de estudiar para lograr su objetivo.
Se preparó durante un año para postular a la universidad y en el 2013 logró obtener una vacante en la UNFV, con la carrera Ciencias de la Comunicación. Mismo año en el que su papá Alfonso fue operado de un cálculo en la vejiga, el 20 de abril, la operación no fue del todo positiva, los dolores en su padre eran permanentes, sinónimo de que algo andaba mal.
Continuando con su carrera consiguió un trabajo en un Contac Center de servicio de delivery en la que aprendió ha interactuar con las personas mediante un teléfono.
El primero de febrero del 2014 un sueño se tornaba en realidad, los gritos desesperados fuera de los camerinos aumentaban la adrenalina, los nervios cada vez se apoderaban más de ella, las personas esperaban que el evento “Lima Rockea” comience, y junto con él uno de sus mayores sueños, era ahora o nunca, con micrófono en mano y con un look rockero emprendió hacía la aventura de reportear junto a un equipo increíble, parecía un sueño, el más bonito, la tarde asomaba y el anfiteatro del Parque de la Exposición reventaba de personas, la oscuridad de la noche llegó, ya había un ganador del concurso ‘Los Bacantes’, el día terminó, pero la emoción no.

A sus 20 años ha aprendido que un cerrar de ojo todo su mundo puede cambiar. Cursando el 3er ciclo en la universidad, Diana y su familia temía por la salud del Sr. Romero, él se había sometido a una serie de análisis para determinar que le ocurría, uno de las pruebas era la más temida, la famosa ‘biopsia’. El 7 de julio del año mencionado la peor noticia de su vida había llegado: “carcinoma pobremente diferenciado” ese fue el resultado de la biopsia, su papá tenía cáncer a la vejiga. Ese mismo día fue internado en el hospital Guillermo Almenara de EsSalud, el 12 de agosto fue operado, y en dicha operación le extirparon la vejiga, el cáncer ya había ocupado toda la zona, con suerte y un empujon de Dios no contagio ningún órgano. “El tipo de cáncer del señor Alfonso es epitelial y no reacciona antes las quimioterapias ni radioterapias” señaló el doctor Acosta, y esto debido a la mala operación que recibió un año anterior, “negligencia” así lo llamó el doctor, pero aún hay una esperanza, tendrían que esperar seis meses para comprobar que no haya regresado esa enfermedad, y si todo estaba bien se puede reconstruir la vejiga. Pasó dos largos meses internado, luego del alta, ya en casa, parecía que todo estaba bien, cuando de pronto el 5 de octubre un catéter que le se lo colocó al padre de Diana se vio afectado y esto provocaba que el orine se obstruya y no pueda salir, a las 5:00 pm ingresó por emergencia y volvió a ser internado en el hospital. Todo parece indicar que su cuerpo está reaccionando favorablemente, el rezo de su familia es constante, y Diana aún sigue la sonrisa que la caracteriza, sin perder la fe ni la esperanza.
Pasión, sueño, fe y esperanza

Desde que se encontraba en la pansa de su mamá siempre fue inquieta, provocando uno que otro dolor en el vientre de María (su madre) con los inesperados movimientos que hacía. A los seis meses de gestación María recibió la noticia de que el bebé que llevaba dentro sería varón. Los regalos no se hacían esperar, cada vez la casa se inundaba con ropa color celeste, verde, amarillo, colores de niño.
La espera había culminado, en 1994 la de sala partos del hospital La Maternidad de Lima fue testigo de la gran confusión del ginecólogo y con una sonrisa mencionó “es una niña”. Vaya sorpresa, nadie lo esperaba.
Sus padres, Alfonso Romero Ocas y María Isidora Izquierdo López, le pusieron por nombre a su segunda hija Diana Isabel, una pequeña de ojos claros, cabellos ondeado y de tez clara.
En 1998 la familia decidió abandonar el distrito del Rímac para refugiarse en San Juan de Lurigancho (hasta la actualidad).
Diana desde muy pequeña dio señales de su gran pasión y talento hacia el baile, siempre participaba en los eventos que se desarrollaban en su institución educativa. A pesar de no contar con el apoyo de su papá no dejó de hacer lo que más ama ‘bailar’, su madre siempre estuvo con ella apoyándola, la acompañaba a todos las presentaciones en las que Diana participaba, siempre confió en su talento, aunque su padre muchas veces se oponía, no podía evitar ir a verla brillar en el escenario.
Para ella la pista de baile era su todo, no le importaba que tan dañado podían terminar sus pies, siempre decía “cuanto más heridas  mayor es la satisfacción”, siempre dejaba todo en el escenario y es que cuando ella escuchaba el sonido de la música su cuerpo se movía al compás, el zapateo, movimiento de caderas, y su sonrisa contagiaba a todo aquel que atinaba a mirarla, no le importaba si lo hacía bien o mal, solo le interesaba sentirse feliz.
A sus 13 años ya había ganado uno que otro pequeño concurso de su colegio N° 109 Inca Manco Capac, y en el 2009 tuvo la oportunidad de ingresar becada a un taller de música negra y finalizando la temporada fue escogida para pertenecer a la escuela de “Brisas del Titicaca” en la que solo duró cinco meses porque no podía descuidar sus estudios.
Cuando Diana cursaba tercero de media conoció a un jovencillo del que se ilusionó, cual Baby enamorada de Hugo Olivera ‘H’ de la película Tres Metros Sobre el Cielo, y después de dos años de relación cada uno busco su camino.
Terminando la secundaria le propusieron enseñar baile moderno en un taller de verano, reto que no podía dejar pasar y asumir con responsabilidad. Posteriormente en el 2011 pensó que dejar los tenis en una esquina de su dormitorio para enrumbarse a otro mundo, la academia. Pero su pasión fue más fuerte, porque al poco tiempo pasó un casting y consiguió entrar a un elenco de danzas folklóricas “Asociación Cultura Cesar Vallejo”, claro sin dejar de estudiar para lograr su objetivo.
Se preparó durante un año para postular a la universidad y en el 2013 logró obtener una vacante en la UNFV, con la carrera Ciencias de la Comunicación. Mismo año en el que su papá Alfonso fue operado de un cálculo en la vejiga, el 20 de abril, la operación no fue del todo positiva, los dolores en su padre eran permanentes, sinónimo de que algo andaba mal.
Continuando con su carrera consiguió un trabajo en un Contac Center de servicio de delivery en la que aprendió ha interactuar con las personas mediante un teléfono.
El primero de febrero del 2014 un sueño se tornaba en realidad, los gritos desesperados fuera de los camerinos aumentaban la adrenalina, los nervios cada vez se apoderaban más de ella, las personas esperaban que el evento “Lima Rockea” comience, y junto con él uno de sus mayores sueños, era ahora o nunca, con micrófono en mano y con un look rockero emprendió hacía la aventura de reportear junto a un equipo increíble, parecía un sueño, el más bonito, la tarde asomaba y el anfiteatro del Parque de la Exposición reventaba de personas, la oscuridad de la noche llegó, ya había un ganador del concurso ‘Los Bacantes’, el día terminó, pero la emoción no.

A sus 20 años ha aprendido que un cerrar de ojo todo su mundo puede cambiar. Cursando el tercer ciclo en la universidad, Diana y su familia temía por la salud del Sr. Romero, él se había sometido a una serie de análisis para determinar que le ocurría, uno de las pruebas era la más temida, la famosa ‘biopsia’. El 7 de julio del año mencionado la peor noticia de su vida había llegado: “carcinoma pobremente diferenciado” ese fue el resultado de la biopsia, su papá tenía cáncer a la vejiga. Ese mismo día fue internado en el hospital Guillermo Almenara de EsSalud, el 12 de agosto fue operado, y en dicha operación le extirparon la vejiga, el cáncer ya había ocupado toda la zona, con suerte y un empujon de Dios no contagio ningún órgano. “El tipo de cáncer del señor Alfonso es epitelial y no reacciona antes las quimioterapias ni radioterapias” señaló el doctor Acosta, y esto debido a la mala operación que recibió un año anterior, “negligencia” así lo llamó el doctor, pero aún hay una esperanza, tendrían que esperar seis meses para comprobar que no haya regresado esa enfermedad, y si todo estaba bien se puede reconstruir la vejiga. Pasó dos largos meses internado, luego del alta, ya en casa, parecía que todo estaba bien, cuando de pronto el 5 de octubre un catéter que le se lo colocó al padre de Diana se vio afectado y esto provocaba que el orine se obstruya y no pueda salir, a las 5:00 pm ingresó por emergencia y volvió a ser internado en el hospital. Todo parece indicar que su cuerpo está reaccionando favorablemente, el rezo de su familia es constante, y Diana aún sigue la sonrisa que la caracteriza, sin perder la fe ni la esperanza.

domingo, 31 de agosto de 2014

ENTRADAS DE CRONICAS

El día que Ernesto Guevara se despidió de su primer amor

Ernesto Guevara descendía la escalera marmolada de la mansión dominada por voces, risas y la música de la fiesta de casamiento. Se detuvo por un instante en el rellano de un escalón, alzó la vista y cruzó una mirada con los ojos verdes de María del Carmen Ferreyra; una adolescente linda hasta doler en todo el cuerpo. En un instante, los dos quedaron fulminados por un amor inmediato, al que el joven Guevara le dedicó cartas, poemas y ofrecimientos de matrimonio, hasta convertirse en un tackle para su vida.

"El juramento", una crónica de Gabriel García Márquez sobre el fútbol

Y entonces resolví asistir al estadio. Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado. Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización, que fui ayer en las graderías del municipal. El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo, fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de que muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo. Ahora me explico por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados, se sienten como un calamar en su tinta cuando se colocan, con todas las de la ley, su gorrita a varios colores.

Chávez, un año después

En una calurosa mañana dominical de comienzos de febrero, un reducido grupo, no mayor a 30 personas, espera a la sombra cómodamente sentados y comiendo helados, a que el grupo que le precede, de número no mayor, concluya el recorrido por las instalaciones del museo, lugar de reposo del extinto presidente venezolano. Las multitudes que vi el año pasado en el Paseo Los Próceres no están. La larga hilera de presidentes, jefes de Estado, delegaciones diplomáticas, empresarios e invitados especiales no está. Los equipos técnicos y corresponsales de prensa, nacionales y extranjeros no están. El enjambre de  vendedores de gorras, franelas, afiches, fotos, cd´s y cuanto perolito tuviera la foto de Chávez no está. Su familia tampoco está. Solo un efectivo militar levanta una barra para dar acceso a aquella desolada plaza en donde arde una flama en cuya base se puede leer: “El amanecer de una esperanza 4 de febrero de 1992”.


lunes, 25 de agosto de 2014

una mañana sombría

A las 8:00 de la mañana en el jr Colmena, el movimiento de los transeúntes por llegar a sus destinos, hace de la calle un lugar principal. Negocios en cada esquina, un señor vestido de blanco agiliza rápido las manos para no dejar pasar ningún cliente, la quinua con vapor se sirve sobre un vaso, el pan con jamonada o tal vez con alguna otra entrada es dispuesta por un nuevo sol.
La señora con criatura en brazos no pierde el ritmo de su trabajdo, el señor con periodicos en mano sigue su ruta.
La luz del semáforo cambia a rojo y son muy pocos los que se detienen a esperar que retorne al color verde, algunos atinan a mirar si viene un vehículo y si no hay ninguno sin problema cruzan la pista.
La iglesia pegada a la Universidad Nacional Federico Villarreal, casi no es visitada, uno que otro se persina al pasar, y otros con indiferencia la atraviesan.
El portón de la puerta principal de la universidad está cerrada, los alumnos tienen doblar la esquina para dirigirse a la puerta posterior, ubicada en el jr Cañete, y entrar a su esperada segunda casa.