domingo, 31 de agosto de 2014

ENTRADAS DE CRONICAS

El día que Ernesto Guevara se despidió de su primer amor

Ernesto Guevara descendía la escalera marmolada de la mansión dominada por voces, risas y la música de la fiesta de casamiento. Se detuvo por un instante en el rellano de un escalón, alzó la vista y cruzó una mirada con los ojos verdes de María del Carmen Ferreyra; una adolescente linda hasta doler en todo el cuerpo. En un instante, los dos quedaron fulminados por un amor inmediato, al que el joven Guevara le dedicó cartas, poemas y ofrecimientos de matrimonio, hasta convertirse en un tackle para su vida.

"El juramento", una crónica de Gabriel García Márquez sobre el fútbol

Y entonces resolví asistir al estadio. Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado. Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización, que fui ayer en las graderías del municipal. El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo, fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de que muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo. Ahora me explico por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados, se sienten como un calamar en su tinta cuando se colocan, con todas las de la ley, su gorrita a varios colores.

Chávez, un año después

En una calurosa mañana dominical de comienzos de febrero, un reducido grupo, no mayor a 30 personas, espera a la sombra cómodamente sentados y comiendo helados, a que el grupo que le precede, de número no mayor, concluya el recorrido por las instalaciones del museo, lugar de reposo del extinto presidente venezolano. Las multitudes que vi el año pasado en el Paseo Los Próceres no están. La larga hilera de presidentes, jefes de Estado, delegaciones diplomáticas, empresarios e invitados especiales no está. Los equipos técnicos y corresponsales de prensa, nacionales y extranjeros no están. El enjambre de  vendedores de gorras, franelas, afiches, fotos, cd´s y cuanto perolito tuviera la foto de Chávez no está. Su familia tampoco está. Solo un efectivo militar levanta una barra para dar acceso a aquella desolada plaza en donde arde una flama en cuya base se puede leer: “El amanecer de una esperanza 4 de febrero de 1992”.


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