Pasión, sueño, fe y esperanza
Desde que se encontraba en la pansa de su mamá siempre
fue inquieta, provocando uno que otro dolor en el vientre de María (su madre)
con los inesperados movimientos que hacía. A los seis meses de gestación María
recibió la noticia de que el bebé que llevaba dentro sería varón. Los regalos
no se hacían esperar, cada vez la casa se inundaba con ropa color celeste,
verde, amarillo, colores de niño.
La espera había culminado, en 1994 la de sala partos del
hospital La Maternidad de Lima fue testigo de la gran confusión del ginecólogo
y con una sonrisa mencionó “es una niña”. Vaya sorpresa, nadie lo esperaba.
Sus padres, Alfonso Romero Ocas y María Isidora Izquierdo
López, le pusieron por nombre a su segunda hija Diana Isabel, una pequeña de
ojos claros, cabellos ondeado y de tez clara.
En 1998 la familia decidió abandonar el distrito del
Rímac para refugiarse en San Juan de Lurigancho (hasta la actualidad).
Diana desde muy pequeña dio señales de su gran pasión y
talento hacia el baile, siempre participaba en los eventos que se desarrollaban
en su institución educativa. A pesar de no contar con el apoyo de su papá no
dejó de hacer lo que más ama ‘bailar’, su madre siempre estuvo con ella
apoyándola, la acompañaba a todos las presentaciones en las que Diana
participaba, siempre confió en su talento, aunque su padre muchas veces se
oponía, no podía evitar ir a verla brillar en el escenario.
Para ella la pista de baile era su todo, no le importaba
que tan dañado podían terminar sus pies, siempre decía “cuanto más heridas mayor es la satisfacción”, siempre dejaba
todo en el escenario y es que cuando ella escuchaba el sonido de la música su
cuerpo se movía al compás, el zapateo, movimiento de caderas, y su sonrisa
contagiaba a todo aquel que atinaba a mirarla, no le importaba si lo hacía bien
o mal, solo le interesaba sentirse feliz.
A sus 13 años ya había ganado uno que otro pequeño
concurso de su colegio N° 109 Inca Manco Capac, y en el 2009 tuvo la
oportunidad de ingresar becada a un taller de música negra y finalizando la
temporada fue escogida para pertenecer a la escuela de “Brisas del Titicaca” en
la que solo duró cinco meses porque no podía descuidar sus estudios.
Cuando Diana cursaba tercero de media conoció a un
jovencillo del que se ilusionó, cual Baby enamorada de Hugo Olivera ‘H’ de la
película Tres Metros Sobre el Cielo, y después de dos años de relación cada uno
busco su camino.
Terminando la secundaria le propusieron enseñar baile
moderno en un taller de verano, reto que no podía dejar pasar y asumir con
responsabilidad. Posteriormente en el 2011 pensó que dejar los tenis en una
esquina de su dormitorio para enrumbarse a otro mundo, la academia. Pero su
pasión fue más fuerte, porque al poco tiempo pasó un casting y consiguió entrar
a un elenco de danzas folklóricas “Asociación Cultura Cesar Vallejo”, claro sin
dejar de estudiar para lograr su objetivo.
Se preparó durante un año para postular a la universidad
y en el 2013 logró obtener una vacante en la UNFV, con la carrera Ciencias de
la Comunicación. Mismo año en el que su papá Alfonso fue operado de un cálculo
en la vejiga, el 20 de abril, la operación no fue del todo positiva, los
dolores en su padre eran permanentes, sinónimo de que algo andaba mal.
Continuando con su carrera consiguió un trabajo en un
Contac Center de servicio de delivery en la que aprendió ha interactuar con las
personas mediante un teléfono.
El primero de febrero del 2014 un sueño se tornaba en
realidad, los gritos desesperados fuera de los camerinos aumentaban la
adrenalina, los nervios cada vez se apoderaban más de ella, las personas esperaban
que el evento “Lima Rockea” comience, y junto con él uno de sus mayores sueños,
era ahora o nunca, con micrófono en mano y con un look rockero emprendió hacía
la aventura de reportear junto a un equipo increíble, parecía un sueño, el más
bonito, la tarde asomaba y el anfiteatro del Parque de la Exposición reventaba
de personas, la oscuridad de la noche llegó, ya había un ganador del concurso
‘Los Bacantes’, el día terminó, pero la emoción no.
A sus 20 años ha aprendido que un cerrar de ojo todo su
mundo puede cambiar. Cursando el tercer ciclo en la universidad, Diana y su
familia temía por la salud del Sr. Romero, él se había sometido a una serie de
análisis para determinar que le ocurría, uno de las pruebas era la más temida,
la famosa ‘biopsia’. El 7 de julio del año mencionado la peor noticia de su
vida había llegado: “carcinoma pobremente diferenciado” ese fue el resultado de
la biopsia, su papá tenía cáncer a la vejiga. Ese mismo día fue internado en el
hospital Guillermo Almenara de EsSalud, el 12 de agosto fue operado, y en dicha
operación le extirparon la vejiga, el cáncer ya había ocupado toda la zona, con
suerte y un empujon de Dios no contagio ningún órgano. “El tipo de cáncer del
señor Alfonso es epitelial y no reacciona antes las quimioterapias ni
radioterapias” señaló el doctor Acosta, y esto debido a la mala operación que
recibió un año anterior, “negligencia” así lo llamó el doctor, pero aún hay una
esperanza, tendrían que esperar seis meses para comprobar que no haya regresado
esa enfermedad, y si todo estaba bien se puede reconstruir la vejiga. Pasó dos
largos meses internado, luego del alta, ya en casa, parecía que todo estaba
bien, cuando de pronto el 5 de octubre un catéter que le se lo colocó al padre
de Diana se vio afectado y esto provocaba que el orine se obstruya y no pueda
salir, a las 5:00 pm ingresó por emergencia y volvió a ser internado en el
hospital. Todo parece indicar que su cuerpo está reaccionando favorablemente,
el rezo de su familia es constante, y Diana aún sigue la sonrisa que la
caracteriza, sin perder la fe ni la esperanza.
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